Por Bolívar Balcácer
La República Dominicana vuelve a figurar —para nuestra desgracia— en los archivos más turbios de la historia reciente. No es un rumor de redes ni una teoría febril: al menos 312 documentos desclasificados del caso Jeffrey Epstein mencionan al país como punto de tránsito, enlace logístico o escenario periférico de operaciones que hoy estremecen al mundo. Y mientras el planeta pregunta, aquí reina el silencio; un silencio pesado, casi cómplice, que se pasea por los pasillos oficiales como si nada hubiera ocurrido.
Puerto Plata aparece en comunicaciones y registros de vuelo hacia Little St. James, la isla privada donde la opulencia convivía con la perversión. Correos electrónicos, gestiones técnicas y testimonios colocan a dominicanos trabajando en aquel entorno, muchos —seguramente— sin comprender la dimensión del monstruo que alimentaban con su esfuerzo. Pero la pregunta no es solo quién trabajó allí; la pregunta es quién miró hacia otro lado, quién facilitó sin preguntar y quién prefirió no incomodar al poder extranjero.
La ironía es brutal: un país que lucha por proyectar turismo familiar y hospitalidad termina mencionado en expedientes que destilan secretos, privilegios obscenos y redes de influencia. Peor aún, siempre aparecen dominicanos sin principios dispuestos a servir de puente, creyendo que la cercanía al dinero compra respetabilidad.
¿Dónde está la voz firme del Estado? ¿Quién defiende la imagen nacional cuando el nombre del país se desliza en archivos de esta naturaleza? Callar no es prudencia; a veces es rendición.
La lección es amarga pero necesaria: un país sin vigilancia ética termina convertido en plataforma para los escrúpulos ajenos. Y si no exigimos respuestas hoy, mañana volveremos a ser escala —no del progreso— sino de la sombra.
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